miércoles, 20 de agosto de 2014

OMEGA: EL PUNTO Y FINAL (y III)


Tras la llamada de la revista El Europeo[1] había “una gestión desesperada de Juan Mesas que, una vez agotadas las discográficas, había emprendido una campaña de envío de maquetas a revistas, periódicos...”, cuenta Jesús Arias. Los de El Europeo jamás habían editado un disco “no tenían ni la más mínima idea de cómo se crea una compañía discográfica, ni de cómo funcionaba el negocio de la música, pero estaban absolutamente decididos a editar Omega”[2]. Todos pensaron que la idea de la revista era sacarlo “como esos CD’s que van insertados en plan de regalo”, pero Enrique recibió una llamada del director de El Europeo en la que le proponía un encuentro en el Hotel Granada Center para acordar todo lo concerniente a la producción. Tras 45 minutos de charla “los representantes de la revista habían dado el sí. Mencionaron estudios de grabación en Madrid, fechas para grabar, músicos, diseñadores para la portada[3]…”. Aquello fue una inyección de optimismo para todos: “mientras los de El Europeo se alojaron en el hotel con sus contratos y sus maletines, Morente y nosotros nos fuimos al pub La Tertulia a emborracharnos y brindar por el proyecto”. 

Artísticamente la producción de Omega fue muy inteligente puesto que las seis ásperas incursiones de Lagartija Nick, están estratégicamente arropadas por colaboraciones más dulzonas de Isidro Muñoz, Raúl Alcover, Vicente Amigo, Tomatito, La Barbería, Cañizares, Miguel Ángel Cortes, Juan Antonio Salazar… Todo, bajo diez textos de Federico y tres de Cohen, “aunque hay mucho material inédito que guarda mi hermano Antonio”, cuenta Jesús.


 
1997 - Omega - El flamenco del siglo XXI 

En lo compositivo, cualquiera que haya navegado en las melodías morentianas sabe que Enrique nunca se privó de hacer aportaciones de nuevo cuño y en Omega hay bastantes muestras. Quizás, esta vez, las dimensiones excesivas del formato lorquiano no cuadraban en mucho con las estructuras del cante tradicional. En cambio, Morente no entró en la típica fullería de colocar la escala andaluza al final de la estrofa para que, lo que sólo es una simple canción, suene flamenco. No obstante, en estas composiciones prevalece su habitual linealidad en el dibujo del arco melódico, lo que lleva a la monotonía que siempre le criticaron sus detractores. 

Es en el apartado rítmico donde las aportaciones de Morente son más excelsas. A mediados de los noventa la experimentación no se basaba tanto en el adorno instrumental como en el tratamiento de las posibilidades que dan las dos amalgamas que reinan en el flamenco (el canon 6x8+3x4 de la soleá y su mundo, y el 3x4+6x8 de la seguiriya y el suyo) y el enlace entre ellas. Los resultados son muy exóticos y en Omega se explotan estupendamente. Por ejemplo, los números que abren y cierran el disco juegan descaradamente con la métrica-melódica del martinete, para llegar a la seguiriya cuando conviene, y cruzarse a la bulería cuando se pretende llevar la causa a los extremos. Esto último prevalece en el Solo del Pastor Bobo y Niña ahogada en un pozo.

Morente propone, además, otro paradigma rítmico articulado en base a la insinuación y camuflaje de las "tierras" y el desarrollo de estas. Por ejemplo, en Pequeño vals vienés lo primero que se percibe es el absoluto dominio del tiempo de vals, potenciado por el acordeón. Pero si nos vamos al cajón de Bandolero, Enrique está cantando por alegrías/bulerías por soleá. En Vals en las ramas, se hace al contrario, quedando esta vez el vals en segundo lugar. En La Aurora de Nueva York y Aleluya reaparece la bulería por soleá, pero de una manera más evidente y distinta morfología. Toda esta filosofía se desgrana también en Manhattan y Sacerdotes, pero en compás de tangos. Si bien la introducción cantada de Vuelta de paseo podría entenderse como una granaína -cosa que puede ser imaginar mucho dependiendo de quién lo imagine-, en Ciudad sin sueño se impone la caña, en Adán la soleá y en Norma y paraíso de los negros, el fandango.

 
1999 - Morente & Lagartija Nick - Ciudad sin sueño 

Omega llegó a las tiendas en diciembre de 1996 (un año y cuatro meses después del entierro de Fernández Piñar), fue distribuido por Karonte y vendió 50.000 copias. Al respecto, años después, Morente contó que había pagado “una factura muy grande” por no sacar el disco con una multinacional. Reconocía no haber ganado mucho con Omega: “todavía no ha llegado al extranjero. Entonces, comercialmente, fue un error mío porque no hubo una distribución normal”. Y añade: “Por lo visto, el dinero para el disco lo puso una inmobiliaria. Cuando yo dije que era una barbaridad que no se vendiese fuera, resultó que yo no tenía derecho al disco. Al final tuve que comprarlo a la inmobiliaria por unos siete millones de pesetas”[4]. Finalmente, Universal reeditó Omega en 2008.




[1] En diciembre de 1994, su director, Borja Casani decía: “Pretendemos mostrar el arte, pero huyendo de la frialdad de la obra: mostramos el proceso del artista mientras lo vive, su verdad privada, su cruz personal”. Casani (Madrid, 1952) fue creador a principios de los 80 de la revista La Luna de Madrid, que retrató fielmente el espíritu de la movida madrileña. A esta siguieron las revistas Sur Express y Area Internacional, antes de llegar a El Europeo en 1992.    
[2] Despues de Omega, editaron a otros artistas como Martirio, Luis Eduardo Aute, Guillermo McGill, Luis Pastor, Pedro Guerra, Jaume Sisa, Mercedes Ferrer, Coque Maya o Christina Rosenvinge. 
[3] La portada de Omega es obra de Arturo Iturbe e Iñigo Pérez-Madero Cubiles. 
[4] Núñez Hervás, Gabriel. Enrique Morente, contra la ignorancia. Revista Boronia verano/otoño, 2010. Págs 12-19.

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